Terapia Ocupacional desde los márgenes
Daniel Emeric
Daniel Emeric

About the author : Terapeuta Ocupacional. Equipo de Intervención Social de la Fundación Secretariado Gitano en el Centro Penitenciario Madrid V Presidente de la Asociación Profesional de Terapeutas Ocupacionales de la Comunidad de Madrid (APTOCAM)

Política, ideología y ejercicio profesional

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“La política es la manera en que las personas cambian la sociedad y en la que otras personas tratan de evitar tales cambios”
(Poldervaart S. & Reinalda B.)

 

Tal y como Pablo planteaba en su anterior entrada, la Política tiene un impacto incuestionable en la vida diaria de las personas en general, y en la actividad de los profesionales (como parte de esa vida diaria) en particular. Esa dependencia entre actividad profesional y política es percibida por todos nosotros en la medida en que los recursos, pliegos, carteras de servicios, prestaciones, o ayudas están condicionadas a las decisiones adoptadas en el marco de la gestión de lo común.

Sin embargo, los profesionales del ámbito de la salud han venido negando históricamente la carga política de su actividad profesional. Todavía hoy se transmite en las escuelas, como un postulado inmutable, que el/la Terapeuta Ocupacional debe mantener un posicionamiento ideológico “neutral” frente a los problemas que enfrenta, como si ello fuera una garantía de profesionalidad, de equilibrio, de buen juicio. Un empeño incansable del cientifismo absolutista, que negando la existencia de un posicionamiento político concreto, niega la esencia misma de la Terapia Ocupacional. Me explico:

Acaso la Terapia Ocupacional no basa parte de sus pilares filosóficos esenciales en posicionamientos ideológicos tales como: “todas las personas son iguales en derechos con independencia de sus capacidades”, “todas las personas merecen gozar de oportunidades para disfrutar de una vida digna”, “todas las personas tienen la capacidad de cambiar”, “todas las personas merecen disfrutar de una vida autónoma”, etc. ¿No se traducen (o debería), a la vez, estos posicionamientos ideológicos, en propuestas políticas concretas y tangibles en nuestra vida cotidiana? ¿en leyes, decretos, planes, programas… que posibilitan que los/as Terapeutas Ocupacionales nos aproximemos al cumplimiento de tales fines mientras desempeñamos nuestra actividad profesional?. ¿Hemos olvidado ese vínculo?. O simplemente, hemos alcanzando un punto de automatismo en el que es posible que exista una desconexión total entre la práctica de una profesión y la filosofía que la sustenta; en la que el ejercicio profesional ya no camina de la mano de un compromiso ideológico. O incluso peor… que la ideología del profesional sea absolutamente contraria, en ocasiones, a los principios que sustentan su práctica.

Recuerdo, al hilo de esto, un ejemplo que una vez escuché a Alejandro Guajardo. En una de sus primeras intervenciones en un centro de rehabilitación, encontró a un paciente que acudía a tratamiento con graves secuelas físicas, a consecuencia de haber sido represaliado por el régimen de la dictadura de Pinochet. Antes de iniciar la sesión, el paciente tomó la palabra y le preguntó “¿qué opinión le merecía el régimen?”. Alejandro, probablemente empapado de neutralidad, respondió algo así como que “a él no le correspondía en ese espacio pronunciarse a ese respecto”. El paciente se levantó de la silla y acudió a la gerencia del centro para solicitar un cambio de Terapeuta Ocupacional.

Sería algo así como recibir en España a una persona afectada por la Talidomida en nuestros servicios, y limitarnos a tratarle sin hacer mención alguna a su injusta situación de falta de reconocimiento y desprotección social y jurídica. Como valorar a una persona en situación de dependencia, reconociendo su derecho a prestaciones o servicios, y no posicionarnos enérgicamente cuando después de tres años muere sin haber recibido ningún tipo de ayuda. Como estar a favor de la prisión permanente revisable, cuando ésta es contraria en su esencia a lo que la Terapia Ocupacional defiende.

Merecería la pena reflexionar colectivamente sobre los mecanismos (formativos, institucionales, de poder, etc.) y las estrategias que han contribuido a desactivar ese vínculo entre actividad y política. Tal vez nuestra historia más que reciente, en la que no significarse ideológicamente marcaba la diferencia entre vivir o morir, pueda tener que ver con ello. Aunque apuntaría a que, en relación a este asunto, la instrumentalización de la política ha contribuido a que los ciudadanos confundamos su ejercicio, con la defensa de unas siglas concretas. Estamos teniendo que vivir una crisis, que va camino de cumplir los diez años, para repolitizar la vida cotidiana, recuperar la ideología, deslegitimar la “vieja política” y reconsiderar, en apariencia, la congruencia de nuestras prácticas sociales y profesionales.

En futuras entradas, reflexionaremos sobre cómo ese mismo vínculo entre actividad y política existe para cualquier otra ocupación de nuestra vida cotidiana (ApVD); lo que por el momento me resulta cada vez más nítido, es que negar la dimensión política de nuestra práctica profesional, es negar el sentido mismo de los esfuerzos diarios que, quizá inconscientemente, realizamos para aproximarnos al ideal de sociedad justa e inclusiva que la terapia ocupacional defiende.

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